jueves, 20 de mayo de 2010

WHO (ECAM IMPRO)

Si le preguntan ustedes en qué piensa, él les dirá que en las estrellas. Si quieren saber por qué lanza piedras contra los gatos que deambulan por el barrio, se echará a reir y tal vez sean ustedes mismos el objeto de sus proyectiles. Nadie sabe si es cierto que tiene un ojo de cada color porque nadie ha podido acercarse lo suficiente. Nadie puede entender por qué se empeña en andar por ahí con esas malditas gafas a las que les falta uno de los cristales. Nadie adivina si llora de felicidad o ríe amargamente porque su rostro es una piedra inmutable ante el sentimiento. Yo no tengo ni la más remota idea de quiénes son sus padres, ni en qué calle vive. Yo no sé nada de él. Ni yo, ni nadie. Al menos no supe nada hasta que el pasado diciembre alguién golpeó mi pueta. Allí estaba él, preguntándome quién coño era yo y dónde había metido su otra lente.


Caos Fernández Lobo

viernes, 23 de abril de 2010

El recuerdo: la mina terrestre


ÉL: ¿Qué haremos si todo termina?

ELLA: Entonces sólo nos servirán los recuerdos.

ÉL: ¿Los recuerdos? Los recuerdos no me rozan bajo las sábanas, ni me despiertan antes de que suene la alarma del reloj para besarme o decirme alguna gilipollez que me haga doblar de risa. Los recuerdos no patalean sobre el colchón como una niña pequeña ni boxean conmigo en medio del salón. No. Los recuerdos no hacen eso... los recuerdos son unos hijos de puta.

ELLA: A veces son lo único a lo que podemos agarrarnos; como si fueran clavos ardiendo, como a un enjambre de esquirlas de metal incandescente. A veces el estómago se desgarra bajo nuestro abrigo y los recuerdos están a nuestro alcance, afortunadamente, para sanar nuestra herida.

ÉL: No. A veces el estómago está preparado para librar cualquier batalla, para anidar hordas de mariposas, para organizar peleas de gallos si hiciera falta. A veces mi estómago es un Panther en plena contienda, poderoso, indómito, devastador, y entonces un recuerdo se cierne bajo la carrocería como una mina terrestre irakí y lo hace volar en mil pedazos como el arsenal pirotécnico estadounidense la noche del 4 de julio. Los recuerdos sólo me dicen lo que no tengo. Eso son los putos recuerdos.

ELLA: Y entonces, ¿qué haremos si todo termina?

ÉL: Cambiaremos nuestros nombres, nos iremos a otro país, tú serás una indigente en busca de amor y yo un pobre filántropo en los suburbios de Brooklyn. Tú serás ÉL y yo seré ELLA. Si todo termina volveremos a empezar y entonces... entonces no harán falta los putos recuerdos.

Caos Fernández Lobo (Texto y Foto)

viernes, 2 de abril de 2010

De sol, espiga y deseo


En un segundo; así fue como descubrí de qué modo se mueven tus labios. En un sólo instante tu boca suspiró mi nombre y un segundo más allá se volvió huracán el fondo de mi ombligo. En un segundo llegaron nuestros cuerpos al alivio tras 120 minutos emulando a un par de enredaderas enloquecidas por eso que algunos dicen llamarse amor. En un segundo se mezcló el anhelo de mi espina dorsal con el deseo de la yema de tus dedos y nos mecimos en el siguiente segundo hasta quedar tu boca dormida junto a mi cuello. Tras un par de horas dormidas mis manos entre tu pelo se despertaron nuestros ojos en un segundo y fue a anidar mi lengua en el vientre de tu boca. Tú sonreíste, besaste mi cara como si fuera tu último deseo y le pedí a Dios que jamás terminara ese segundo. Así fue como descubrí de qué modo se mueven tus labios, antes de volver a dormirme a tu lado en sólo un segundo.


Caos Fernández Lobo (Texto y Foto)

sábado, 20 de marzo de 2010

¿Puede mi violencia vencer a la suya?




"(...)

-¿Degustando el último regalo de Dios?

-¿Qué?

-Este regalo; el de la violencia. Cuando he bajado al salón de mi casa he visto en la ventana un árbol que parecía inclinarse hacia mí, como una mano divina. Dios ama la violencia.

-No me había dado cuenta.

-Claro que sí. ¿Por qué habría tanta violencia si no? Está en nosotros. Es lo que sabemos. Declaramos la guerra, celebramos sacrificios, saqueamos y arrancamos la carne a nuestros hermanos y ¿por qué? Porque Dios nos ha dado la violencia para que luchemos en su honor.

-Creía que Dios nos había dado un orden moral.

-No hay un orden tan puro como esta tormenta. No existe el orden moral. Sólo esto: ¿puede mi violencia vencer a la suya?"

(Extracto del guión de Laeta Kalogridis, "Shutter Island", de Scorsese; adaptación de la novela de Dennis Lehane, del mismo título)


¿Actuamos condicionados por las restricciones morales y legales? Tal vez.

viernes, 19 de marzo de 2010

La derrota no es una opción


El camino sobre la cuerda floja se hace más difícil cuando alguien apaga las luces. Bajo nuestros pies, el abismo, el vacío y unos pasos que resuenan en los adoquines. Alguien huye con la red bajo el brazo. La caída será brutal. El más mínimo error llevará nuestras costillas a teñir de rojo el pavimento. Los ojos entre la multitud nos contemplan inquietos. No podemos fallar. No debemos hacerlo. Un leve rayo de luz ilumina el resto de la cuerda y nos muestra la línea a seguir para evitar descender a los infiernos. El corazón se pone en órbita en nuestro pecho y llega irrumpiendo a la garganta. El sudor en nuestra frente desciende hasta nuestros ojos. Esas gotas nos ciegan cuando nos disponemos a dar el último paso, pero poniendo el alma llegamos al final de la senda, al otro lado de la carrera en que la meta se yergue ante nuestra silueta. Desplegamos los párpados a duras penas y entre los destellos de los focos que amparaban nuestra proeza, nuestra lucha, una pérfida sonrisa nos explica que nada ha terminado aún. Una sombra nos planta cara, y tras ésta, ciento y un millón de sombras más a las que deberemos derrotar para llegar a enceder la mecha que haga explotar la caja de los fracasos, el reloj de las horas de lucha secuestradas por la catatonia absoluta.

Que no duden mis nudillos en embestir contra el rostro enemigo. Que no vacilen mis piernas en declarar la guerra al mentón ajeno y, sobre todo, que no se reduzca la piedad de mis entrañas cuando deba parar de masacrar al oponente, incluso cuando sea mi propio cuerpo al que esté aniquilando.

No hay retroceso posible; no hay excusa perdonable.



Caos Fernández Lobo

Que nada te aparte de ella. ("El ladrón de orquídeas", Spike Jonze)

En tierra de nadie

Durmamos en cama de piedra y si empieza la guerra finjamos no saber nada mientras yo le cuento secretos a la almohada. Mintámonos, digámonos la verdad a tiros y antes de que tus labios desenlacen mi nombre con un suspiro, serán mis ojos de Larios cautivos los que zarandeen tu cuerpo mientras te miro. No entiendes la mitad, y el todo es sólo inmundicia. No codicio la calamidad entredientes mientras algunos desterrados que fueron pretendientes, desgarran mis entrañas sin ninguna piedad. Sentimientos andrajosos, pestilentes. Rezumantes de un amor poroso que deja calar el desequilibrio, dueños de un sentimiento tibio que ceja ante el primer poso que cae al fondo del vaso de vino. No quisiera tener vida cautiva, pero con gusto daría la mía por acariciar uno de tus besos de porcelana en una noche de lluvia de orgasmos, desnudos en mi guarida. Parece que parte la musa cuando sólo hube desabrochado su blusa y sin saber que pude haberla llevado hasta Marte. Parece que el mal embarque acechó previo al desposamiento, y ahora levanto mi losa, desgarrado y algo hambriento, calcando palabras de cera consumida en las líneas de mi mano que no encuentran el momento para decir que no amó así ningún otro ser humano. ¿Y qué si encontré a la única, y qué si es sólo más una? "¿Y qué me importa ser poeta o ser basura?"


CAOS FERNÁNDEZ LOBO

jueves, 18 de marzo de 2010

El mausoleo del poeta muerto



Tengo la impresión de que nos conocemos, ¿tú no? Tal vez debiera invitarte a un café (sin deseo de parecerte inoportuno) para que ese día en que el tiempo nos sirva una copa de olvido, yo pueda tener la certera impresión de que te conozco, y no me tomen por un loco enardecido. Este abril debiera ser un agosto, y mi cara en el espejo más debiera ser tu rostro, o un corazón en el vaho de los azulejos, o mi mano arrugada sobre tu mano, sin saber que contando los lunares de tu cuerpo ambos nos hicimos viejos. Quiero tener la impresión de que mis labios fueron océanos de fuego sobre tu espalda, que mi imaginación dio largos paseos con tu imaginación por los más bellos bulevares que se estrechan bajo las tablas de tu falda. Quiero mirarme al espejo y verte a ti o no ver nada, que mi pecho sea el amasijo de plumas que te sirve de almohada. Quiero tus manos ardiendo en mi lecho, que tus uñas dibujen pentagramas por todo mi cuerpo y que empañe nuestro aliento suelos, paredes y techos. Que no pongamos jamás la excusa de la Aspirina, que derrumbemos al mirarnos la Catedral de Burgos y la Capilla Sixtina. Quiero que te hagas la muerta delante del camarero, quiero que llores de risa, quiero que rías de miedo, quiero bajar la basura y que ya me eches de menos. Quiero ser un poeta muerto, ¿quieres ser mi mausoleo? Quiero despreciar la luna cuando te tenga a mi lado, y cuando te vayas lejos tiraré el dado de la fortuna, saldrá un ocho tumbado y de nuevo serán mis brazos los que te acunan.
Cuando los años nos pasen factura y nuestros recuerdos se pongan en huelga, combatiendo la enfermedad futura, nos miraremos a los ojos y bebiendo esa copa de cuerda locura, recordaremos el café que nos ha unido, sin duda.

Espero no ser inoportuno, pero…
…tengo la impresión de que nos conocemos, ¿tú no?


Caos Fernández Lobo (Texto y foto)

Las fauces que arrancan la piel (Guión cinema. extraído de El Glaciar de la Memoria)

INTERIOR DE LA VERANDA DE LA CASA – ATARDECER

FRAN
Abuelo, ¿por qué la abuela está siempre triste?; ¿por qué no habla contigo?; ¿es que no te quiere?; ¿tú la quieres a ella?

ABUELO
Claro que la quiero y ella… me quiere…a su modo.

FRAN
¿Es que hay varios modos de querer?; ¿y tú de qué modo la quieres?

ABUELO
Lo importante no es el modo, sino la persona que siente ese amor. Hay que ser valiente para amar a alguien. Es muy duro y a veces duele.

FRAN
¿Como cuando me quemé con la plancha de mamá?

ABUELO
No Fran, no es lo mismo. El dolor del que te hablo es más fuerte, más hondo. Se agarra al corazón y no te deja ser feliz.

FRAN
Ya sé. Entonces la abuela no es feliz porque te ama a ti.

ABUELO
Verás, hijo, muchos se pasan la vida entera buscando el modo de ser felices. Algunos escriben libros en los que aseguran desvelar las claves para conseguirlo y otros, ingenuos, dedican sus días a esos libros creyendo que, por menos de lo que cuestan unos zapatos, un iluminado les entregará el mapa del tesoro ¿Entiendes que la manera de lograr algo tan grande como la felicidad no viene escrita en ningún libro?

FRAN
Sí, lo entiendo. El mapa del tesoro hay que buscarlo, no te lo pueden regalar, ¿a que no abuelo?

ABUELO
Eso es, Fran. La felicidad no te llamará por teléfono para concretar hora y lugar en que deberás encontrarte con ella. Tal vez, el secreto sea cosa del destino, del azar o de Dios. Sea como sea, para emprender el viaje por cualquiera de los caminos, siempre deberemos llevar con nosotros una gran ración de valor, del verdadero valor, ése del que muy pocos saben armarse cuando todo parece más difícil.

FRAN
¿Y la abuela no tiene valor, abuelo?

ABUELO
Tu abuela no es una mala mujer después de todo. Te quiere mucho, pero no es fuerte, nunca lo ha sido. Los problemas no se solucionan desde la cama, Fran. Si tienes un problema debes salir ahí fuera y combatirlo como un león, con todas tus fuerzas, porque, como siempre te dice tu padre, si no vas a intentarlo con todas tus fuerzas…

FRAN
¡Es mejor que sigas durmiendo!

ABUELO
Eso es, hijo. Y aun así, incluso reuniendo ese valor, hasta teniendo todo de tu parte, nadie te puede garantizar esa felicidad. Nunca.

FRAN
¿Y tú eres feliz, abuelo?

ABUELO
Lo soy, pero… creo que es imposible serlo completamente.

FRAN
¿Y entonces, para qué tengo que ser valiente si no podré ser feliz?

ABUELO
Muy feliz sí, tremendamente feliz, tal vez, pero no completamente feliz. No de forma permanente, ¿entiendes lo que significa esa palabra?

FRAN
Permanente… ¿Es como el infinito, abuelo, para toda la vida?

ABUELO
Eso es, hijo. No podemos ser felices por completo durante mucho tiempo, porque en algún momento de soledad tendremos la ocasión de temer que esa felicidad acabe y, desde ese instante, el miedo no nos dejará disfrutarla al cien por cien. La incertidumbre nos irá fulminando muy poco a poco. ¿Entiendes lo que te digo?

FRAN
No sé qué es la incerti…

ABUELO
La incertidumbre es uno de los sentimientos más asfixiantes; se ceñirá a tu estómago y te apretará con fuerza la garganta, haciendo que cada movimiento espiratorio nos plantee el enigma ante el cual no sabremos si nuestros pulmones reunirán las fuerzas suficientes para volver a tomar su imprescindible ración de aire.

FRAN
Ahora sí que me he perdido del todo, abuelo.

ABUELO
¿Recuerdas qué pasa cuando haces alguna travesura y tu madre te dice eso de “te vas a enterar de lo que es bueno cuando tu padre llegue del trabajo”? No sabes si te regañará, si te dará una azotaina o si te castigará sin salir a jugar con la pelota. ¿Qué sientes cuando eso sucede?

FRAN
Pues lo que siento es que tengo un nudo en la tripa y quiero que papá vuelva pronto de trabajar para saber qué va a hacer conmigo.

ABUELO
Exactamente. Eso es la incertidumbre, Fran. El no saber qué va a suceder y el tener la seguridad de que alguna de las opciones que pueden darse nos hará mucho daño. ¿Ahora lo entiendes?

FRAN
Sí, creo que ahora lo he entendido del todo pero, abuelo, no me respondiste a la pregunta: ¿por qué la abuela siempre está triste?; ¿por qué tiene esos moretones en los brazos y para qué necesita esas enormes gafas de sol cuando está en casa?; ¿por qué se las pone para salir, si fuera está lloviendo?; ¿es que la abuela no tiene ese valor del que tú hablas para mirar al mundo? Abuelo, ¿tú obligas a la abuela a llevar esas gafas?

ABUELO
En cierto modo, hijo. En cierto modo.

FRAN
Entonces, abuelo, ¿tú quieres a la abuela?


Caos Fernández Lobo

"Factotum", de Bent Hamer (Bukowski)// Interludio LP Flowklórikos, "Donde duele inspira"

Mi peor enemigo





Caos Fernández Lobo (Texto y foto)

Moldeando otra boca

La última vez que abrió los ojos descubrió su propia piel erizada por el murmullo de aquella voz. Era un ave buscando cobijo entre sus costillas, un susurro atronador que no encontraba abrigo en su cuerpo. Ella sujetaba un cigarrillo apagado mientras se perdía en el horizonte más lejano. De repente dirigió la mirada hacia el chico. Estalló un bombardeo en sus pupilas que iluminaba la penumbra de la habitación y un aguacero de lágrimas hirviendo estuvo al borde de derramarse por ambos rostros. Todo el mundo bailaba en aquella sala y aquel par de desgraciados experimentaban la incontrolable sensación de tener que estrellar sus labios antes de que terminara la canción. Las luces volvieron a encenderse, la música paró y antes de que nadie pudiera darse cuenta, entre aquellas cuatro paredes, ellos estaban "rompiendo las barreras del sonido, comiéndose la boca". La última vez que abrió los ojos descubrió su propia piel erizada por el murmullo de aquella voz, por el delicado fluir de aquellas palabras que, desafortunadamente, se vertían de otra boca que no era la que él estaba devorando. Enamorado de una voz; enloqueciendo al moldear con sus labios los labios de otra boca. Desconcertado, petrificado, loco de remate.



Caos Fernández Lobo

La ira y la cobardía; el mismo puño que golpea

Martes, 9 de diciembre de 1980

Estimado doctor:

Hace poco más de nueve años que le escribí a usted mi última carta. Su respuesta no fue demasiado amable, pero sepa que le entiendo y que respeto la opinión que tiene de mí. Espero que no me haya olvidado, porque yo no me he olvidado de sus consejos, aunque le confieso que no siempre he sido capaz de llevarlos a cabo; sigo siendo un tipo débil.
Se estará preguntado por qué este perturbado se vuelve a poner en contacto con usted después de tanto tiempo. Si es así, le pido que reconsidere el uso de determinadas palabras ya que después de lo de hoy, mi perturbación es sólo cosa de niños. Me refiero al asesinato de John Lennon. Supongo que lo habrá visto en las noticias o en la prensa. Un tal Mark David Chapman, un fan de Lennon, un tarado de tres pares de narices, le acribilló anoche a balazos cuando volvía a su casa. Lo curioso es que no le disparó por la espalda. Primero llamó a Lennon por su nombre y cuando éste se giró, apretó el gatillo cinco veces. Que digo yo que el fulano querría hacerlo mirándole a los ojos, ¿no? Ya hay que tener sangre fría… ¿y usted sigue pensando que yo soy un chalado? Pues ahí no queda todo. Resulta que Chapman no huyó. Sacó un libro y trató de leerlo hasta que apareció la policía, ¿se imagina? Como si quisiera darle una misa acelerada.
La cuestión es que estos asuntos no deberían sacarlos en las noticias, ¿no cree? Los jóvenes son muy influenciables y podrían ir por ahí asesinando a sus ídolos como si tal cosa. Imagínese que yo le contara a la prensa los efectivos métodos que empleo para mantener el orden en mi casa –usted ya me entiende–. Tal vez entonces unos cuantos se convencieran, y de aquí a veinte o treinta años mi caso no fuera tan raro y más de una se quedara bien calladita cuando viera al marido entrar por la puerta. Si le soy sincero, eso no me gustaría. Prefiero ser único, ya sabe, sentirme especial.
Volviendo al tema del asesinato, le digo que yo me decanto más por los Rolling, pero Lennon no me disgustaba del todo. –No como el idiota de McCartney que, entre usted y yo, a ése sí que tenían que pegarle dos tiros–. A veces me parecía un estúpido con sus pintas de hippie rico y sus insoportables gafitas, pero otras le llegué a envidiar profundamente. Me encanta esa mansión blanca que sale en uno de sus vídeos. Cuando lo veo nos imagino a Eva y a mí viviendo ahí y siento que no sería capaz de ponerle una mano encima, pero luego me miro al espejo y dejo de pensar estupideces.
En el fondo me siento identificado con el tal Chapman. Se supone que él amaba a Lennon, y mire, acabó quitándole la vida. Yo también amo a Eva y, aunque no podría matarla porque no soy un psicópata como ese tipo, sí es verdad que le he hecho daño muchas veces, pero sepa que no por ello dejé de amarla. Yo lo hago por el bien de ambos.
Le contaré algo: la otra tarde, mientras paseaba por la ciudad, vi a un ciego salir de un bar totalmente borracho acompañado de su perro que meneaba el rabo felizmente. El ciego no atinaba a dar dos pasos derechos y le pisó una pata al animal que proyectó un ladrido lastimero. El señor en cuestión, enfurecido, comenzó a darle golpes al pobre perro que agachaba las orejas y soportaba estoicamente el aluvión. ¿Se lo imagina? Era como si estuviera golpeándose a sí mismo, como si pisoteara sus propios ojos. Eso sí que me pareció escalofriante. Al fin y al cabo yo sería capaz de cocinarme algo o de tener la casa medianamente limpia si un día se me fuera la mano y me quitara a Eva del medio, pero ese hombre no tenía nada que hacer sin su perro. Aquel animal era su alma y el ciego le dio una buena tunda.
Es extraño este mundo, ¿no le parece? Verá, Lennon era un gran militante pacifista y ha muerto a tiros, y Ted Bundy, el asesino en serie, ha sido condenado a muerte hace casi un año por haber estrangulado y violado a más de treinta mujeres, ¿y sabe qué decían de él quienes creían conocerle? Que era un tipo agradable y jovial y todo un galán con las señoritas; de hecho no deja de recibir cartas de amor en su celda. Además es licenciado en psicología, ¿lo sabía usted? Lo que intento decirle es que nadie nos asegura que Lennon no fuera un asesino en potencia y simplemente lograra reprimir sus instintos durante todo este tiempo, o más fácil aún sería que hubiera matado y violado por doquier y la policía no haya sido capaz de descubrirle. Hay muchos crímenes sin resolver en los Estados Unidos, ¿quién sabe? Tal vez a usted también le encante moler a palos a su mujer y se las quisiera dar de hombre honrado con mi padre y conmigo. De ser así, hubiera hecho bien en contárnoslo porque, al menos yo, no me hubiera sentido tan violento al hablarle de mis asuntos.
No tengo mucho más que decirle, doctor. Sólo que leí la noticia en la prensa y sentí un irrefrenable deseo de hablarle de todo esto.
Cuídese mucho.
Postdata: Fracesco cumplió ocho años en abril. –Sí, al final fue un niño y parece que no le gustan demasiado los caimanes. El muy canalla ya me planta cara cuando le atizo a su madre–


(¿Qué clase de sentimiento obliga a una persona a seguir amando las fauces que le arrancan la piel a tiras?)



Caos Fernández Lobo

La súplica y la ciénaga

Una silla de ruedas alberga más valentía que el interior de un tanque blindado. Podemos ahogarnos dando un pequeño sorbo a nuestro vaso de agua o nadar en medio de los mares más tempestuosos de cualquier lugar, sin tragar una sola gota. Que la luna nos ciegue reflejada en los ojos ajenos o dedicarle una mirada sempiterna al sol sin razón alguna para deslizar un pestañeo. Demasiado tiempo libre tal vez. Demasiadas conclusiones que conducen a la ventana como la mejor vía de escape. Nos lamentamos y lloramos en la noche rogando un soplo de viento que nos empuje a levantarnos al día siguiente, cuando lo que en realidad estamos pidiendo es que ese viento arrase nuestra fábrica, oficina o zanja para eximirnos del deber y poder dormir hasta el mediodía. Algunas rodillas se clavan en el suelo de la habitación para pedir a un dios lo imposible, cuando lo que en realidad están haciendo es dedicarse una oración ante el espejo, detestándose a sí mismos por no romper el lastre que tanto les dificulta enfrentarse al mañana; la losa sobre sus hombros que les impide negarse a asumir la mediocridad del hoy. Otros prefieren no creer en nada para sentirse más libres y en verdad están condenándose a terminar por no creer ni en sí mismos.
Lo mejor es que cerremos nuestras bocas cuando estén a punto de lanzar una súplica en lo más profundo de la sombría selva. Habrá alguien enterrado hasta el cuello en medio del desierto, con la cara abrasada por el sol y tanta arena en sus pulmones, que no tendrá ocasión de suplicar nada.



Caos Fernández Lobo

Somos lodo




Caos Fernández Lobo

Defina usted AMOR

Había sido como si alguien enterrase el piano en el jardín y la música siguiera emergiendo bajo la tierra. Como si hubieran descuartizado el Cadillac y su motor siguiera rugiendo. Como un cuerpo desnudo en mitad de La Antártida, recibiendo una bola de golf en la boca del estómago a doscientos cincuenta kilómetros por hora. Como contemplar al mismísimo Poseidón elevando las aguas del Mar Muerto sobre la cima del Everest. Había sido como cruzar corriendo los seis carriles del Golden Gate con los ojos vendados. Como morder bolitas de papel de aluminio con las muelas picadas o como el olor a hierba recién cortada en los prados de Escocia. Había sido como cepillarle los dientes al gran tiburón blanco o como una partida a la ruleta rusa con el tambor del revolver repleto de balas. Aquello fue algo dispar y asimétrico como los abismos que distan entre el gozo y el temor, entre la calma y la excitación, entre la luz y la nada. Algo tan alejado y tan increíblemente unido al mismo tiempo, como que el 8 de agosto del 69 Los Beatles cruzaban ese paso de cebra de la londinense Abbey Road, y horas más tarde, ese mismo día, en Beverly Hills, la familia Manson entraba en el 10050 de Cielo Drive, dando muerte a Sharon Tate, la mujer de Roman Polanski.
Hay días en que cielo e infierno pueden ocupar el mismo lugar en nuestro calendario.

Y el ludópata del arco, ése al que llaman Cupido, burlándose de la desgracia.



Caos Fernández Lobo

Y que me arranquen los ojos




No hace mucho tiempo, contemplaban en silencio, padre e hijo, la puesta de sol a la orilla del lago Phewa, en Phokara, cerca de Katmandú, mientras el pequeño imaginaba cómo sería aniquilar a un enemigo en medio de la batalla.
–Padre, ¿cuál es el arma más mortífera de Nepal? – el padre, extrañado, miró al niño, devolvió la mirada al infinito y tras un suspiro respondió:
–Verás, no es fácil. Algunos dicen que el arma más poderosa que el hombre diseñó es la palabra. Otros distinguen entre la palabra como vehículo de sentimientos, y la palabra como reflejo del honor y los principios de cada hombre; su esencia.
–¿Y cuál es la más poderosa entre ellas, padre?
–Yo conocí todas las clases y ninguna me colmó de gloria.
En algún momento creemos en la fuerza de la sangre, en los lazos ascendentes y descendentes. Confiamos en que, tratándose de un padre, de una madre o de un hijo, podemos sentirnos seguros ya que hay ciertas líneas que son imposibles de traspasar.
–¿Y no es bueno sentirse seguro?, ¿no debemos confiar, padre?
–No debemos basarnos únicamente en algo que nos ha sido impuesto, como los lazos de sangre, para entregar toda nuestra confianza. La Cobra Real se alimenta de otras serpientes; de ahí su nombre: Ophiophagus hannah, literalmente “Comedora de serpientes”.
–¿Y las personas que por amor confíen plenamente, se equivocan?
–Tal vez sí. Tal vez deberían dejar de mirar al sol para cegarse voluntariamente. Verás, hijo mío, existió hace siglos un italiano, Giovanni Boccaccio, que presentaba al amor como un artefacto que inflama el ingenio para lograr un objetivo: el goce carnal. Tantas veces he contemplado palabras rotas, de uno u otro tipo, que sólo me queda pensar en la estupidez de las personas, en nuestros ingenuos cerebros y no en la excelencia de la palabra como tal o cual arma. El alcohol, el sexo, las drogas, la distancia, el poder, el dinero, el amor arraigado o el amor infundado, la ira, los celos, la envidia, el orgasmo y la melancolía, han confeccionado a lo largo de la historia una perfecta lujuria de palabras obtenidas por un ingenio inflamado con el único propósito de alcanzar un objetivo: beneficios.
–Entonces padre, ¿tú no confías en mí?, ¿no lo harás nunca?
–Yo te podría decir en este preciso instante, antes de que el sol caiga por completo, que mi amor para contigo jamás se verá quebrantado, pero sólo serán palabras, y ni mi sangre, ni la tuya, que no es otra sino la mía, podrían hacer inequívoca esa afirmación. “Verba volant, scripta manent”, hijo mío, “las palabras vuelan, lo escrito permanece”.
–No lo entiendo, padre.
–Esas palabras las pronunció Caio Titus en un discurso al Senado romano y, a pesar de que él sólo hubiera pretendido enaltecer la palabra a viva voz, esa palabra con alas que puede alzarse sobre la página repleta de palabras inmóviles, muertas, dime tú, ¿qué podemos hacer cuando los labios se corrompen y la tinta se envenena? –El pequeño permanecía con la boca abierta, sin apartar la mirada de su padre. Ante su duda el padre prosiguió. Yo te lo diré. Sólo podemos asumir que “La cabra siempre tira al monte”, que el escorpión terminó por clavar su aguijón sobre la rana cuando ésta le ayudaba a cruzar el río, y que hasta nuestras sombras tratarán de seducir a nuestras mujeres en un día soleado. Habrá días en tu vida en los que más te valdrá arrancarte los ojos para que no vuelvan a engañarte jamás.



Caos Fernández Lobo (Texto y foto)

Los labios de ella

Hay algo más devastador en la sociedad que cualquier estafa, robo y asesinato, más mortal que el abandono y el suicidio; con más poder de decisión que cualquier capo de la mafia. Más nocivo e ineludible que todas las drogas conocidas y por conocer. Hay algo capaz de evitar una estafa, de impedir un robo, de desbaratar los planes del más preparado asesinato. Algo que puede terminar con el abandono y frustrar la idea del suicidio, algo que lograría el armisticio eterno entre los Montesco y los Capuleto. Existe algo que haría ganarse el cielo al estafador con menos escrúpulos de los más bajos fondos, una epidemia que se extiende implacable a nuestro alrededor, un virus que haría encaramarse a un político a declamar verdades sobre los leones del Congreso de los Diputados: la mujer; ese precioso e indescifrable prodigio que le ofreció la manzana a Adán, o el que le cortó los cabellos a Sansón, o el que enfrentó al pobre de Johnny Farrel contra el indeseable Ballin Mundson, o aquél otro que enamoró al príncipe Paris, desencadenando así la guerra de Troya. Eva, Dalila, Gilda o Helena; el nombre es sólo esa minúscula porción del ascua que nunca llegará a extinguirse del todo en nuestro recuerdo.
La mirada de una mujer puede convertir la lengua del más hábil orador en el músculo más torpe de su cuerpo, puede tornar las piernas del atleta más veloz en dos losas de media tonelada o moldear un abandonado torso, logrando la más perfecta de las esculturas. Unos labios de mujer proyectando una sonrisa son capaces de raptar a las nueve musas de Apolo y postrarlas a los pies del más frustrado de los poetas, son capaces de convertir al hombre de hielo en el hombre antorcha, de dejar libre al culpable y corromper al más justo. La sonrisa de una mujer puede deshacer los nubarrones que se ciernen sobre nuestras cabezas o bien pueden desatar el más atroz de los vendavales. La sonrisa de una mujer puede volver loco de remate al más curado de espanto de todos los psiquiatras y convertir ejércitos de nómadas en las huestes más sedentarias. El cuerpo de una mujer puede dejarte sin dormir noches enteras, mirando por la ventana y contando los ladrillos del edificio de enfrente, puede encoger el estómago del más inmenso de los gorilas; y si no es tal cosa, ¿alguien podría explicarme qué hace aún ese enorme simio encaramado al Empire State Building?
Prodigio divino, artefacto explosivo, relativa quimera, sentencia irrevocable o pasión desmedida. Todo depende del cristal por el que observemos, todo depende del puzle que ella quiera confeccionar. Tal vez un folio en blanco partido por la mitad, tal vez la Sábana Santa fraccionada en quince millones de pedazos. Todo se sustenta en el misterio que esconden ese cuerpo, esa sonrisa y esos ojos que nos miran a través del espejo en mitad de una multitud alcoholizada.



Caos Fernández Lobo

Mirada: napalm en la retina

Tal vez logremos embestir contra un rostro culpable o sembrar de minas su lecho de sueños. Quebrar sus piernas con una maza o tratar de ahogar su aliento cubriendo su boca con diez mil manos.
Una mirada embiste, explota, quiebra y ahoga.



Caos Fernández Lobo

El tiempo es un cabrón suicida

Me desangro al igual que todos vosotros. Nací con esa garrapata alimentándose de mí, chupando hasta la última gota de mis venas, sin darme un segundo para respirar, pues todos los segundos le pertenecían a esa horrible garrapata. Implacable, pegada a mi espalda, vaciándome antes de que yo pudiera idear un plan para darle esquinazo,
me concedió la oportunidad de volar antes de extraerme toda la sangre, pero acabé arrastrándome por el lodo. Pude librar mil batallas y las di todas por perdidas. También pude ganar una guerra y me quedé dormido. Pero un día la capturé. Construí una esfera de cristal y la encerré dentro. Até un cordel a la esfera y la amarré a mi brazo para vigilar que no escapara jamás, que no se moviera nunca. En todo momento podía comprobar que el bicho seguía ahí, preso gracias a mi astucia.
Recuerdo el día que descubrí su extraño comportamiento. La garrapata se movía en círculos dentro de mi esfera. Me angustiaba que no se quedara quieta. Deseaba que no se moviera, pero nunca dejó de hacerlo y mientras tanto yo seguí tragando barro, perdiendo batallas y quedándome dormido los días que pude ganar alguna guerra. Me torturaba verla girar sin descanso mientras yo no hacía nada. Me sentía como un gandul, así que pensé en buscar la felicidad mientras el bicho seguía con sus viajes circulares. Traté de conseguir toneladas de oro y sólo pude encontrar un lingote. Traté de construir una escalera para llegar a la luna y veinte peldaños fueron suficientes. Después me bañé en mil mares y mi piel siempre salió seca. Más tarde viajé a Italia para secuestrar a los gladiadores del Coliseo y regresé a casa cargando con el David de Miguel Ángel. Viendo que nada me consolaba limpié el sudor de mi frente y noté la vejez arrugada. Intenté desesperadamente dedicarme unas palabras de aliento y mi boca escupió silencio. Así que eché un vistazo a la esfera de cristal; el bicho había dejado de girar y me ofrecía su sonrisa maliciosa. Observé mis brazos curtidos al sol y entendí que mis manos blanquecinas habían estado ocultas. Así fue como supe que cuando un lingote de oro se convierte en un ladrillo derruido; cuando la luna es una simple farola erguida ante nuestros ojos embriagados; cuando el grito del mar no es más que el susurro de la caracola pegada a nuestra oreja; cuando el David de Miguel Ángel es sólo un exhibicionista suicida sosteniendo la soga que le dará muerte; cuando las palabras que marcaron nuestras vidas provienen del mismo cuerpo que las destroza, debiéramos entonces plantearnos si ha llegado la hora de sacar las manos de los bolsillos.



Caos Fernández Lobo

Capítulo III

Un vagón de tren. Una mirada colisionando contra tu mirada. Un escalofrío que asciende desde tu pecho hasta la garganta. Un nudo en el estómago. Unos grilletes que te impiden librar batalla. La máquina detenida. La puerta abierta. La mirada aún incrustada en tu mirada, desapareciendo escaleras abajo. Malditos grilletes…
¿Una palabra o una patada? ¿Tal vez tus manos desnudas?

¡Estúpido!


(Alguna vez me enamoré de una desconocida en el vagón de un tren y supe que ella sintió lo mismo. Sólo un instante, un ligero soplo de aliento, una décima de segundo, un fragmento de contaminación mental o la mayor de las verdades empiristas)



Caos Fernández Lobo

El glaciar de la memoria

Alguien dijo una vez que si el camino que cada hombre ha de seguir en su vida fuera un poco más pedregoso, los tallos de las rosas engendraran más espinas y las heridas del alma fueran más profundas; las sendas estarían desérticas, los jarrones vacíos y los hombres desalmados. Y si no lo dijo nadie, será que sólo fue un sueño. Lo que es seguro que nadie nos dijo es que esto sería fácil, pero tampoco nadie nos preguntó si deseábamos venir para cambiar el mundo, o para observar cómo los días pasan igual que las nubes arrastradas por el viento; ni siquiera les preguntaron a aquéllos que están aquí y anhelan el infinito. Unos contemplan posibilidades, otros sólo divisan problemas.

Un problema es ese plato de sopa que no alcanza la temperatura perfecta para satisfacernos, pero que no devolvemos a la cazuela para calentarlo unos minutos más, sólo por no levantarnos del sofá. Un problema es ese cigarrillo entre nuestros dedos, consumiéndose, consumiéndonos, lanzando piedras contra nuestra conciencia para dedicarnos el más sonoro de los alaridos o vociferando a las puertas de una casa vacía, con una dirección equivocada. Un problema son nuestros labios sobre el cuerpo de otra persona que no es la que duerme junto a nosotros cada noche; demasiado tentador para no sucumbir, demasiado desgarrador para llamarlo por su nombre, ínfimamente preocupante si la verdad nunca sale a la luz. Y lo que no sea así, entonces será un verdadero problema.

Hay otras personas que no distinguen un gran problema de un simple nudo en el estómago y, si lo hacen, prefieren martirizarse, descolgar el teléfono y encargar una gran cruz de madera para encaramársela a la espalda y que todos podamos contemplar cuán inmensa es su desdicha, cuán forjado es su valor a golpe del vomitivo sentimiento de la compasión por uno mismo. Un nudo en el estómago, sin embargo, puede deshacerse con una palabra o con una patada; muchos optarán por ser pateados de por vida, derrotados, mientras otros permanecerán sentados, oteando el horizonte, a la espera de que unos mágicos labios se dibujen ante sus narices y desaten el verbo adecuado, el esquema ganador, el consejo perfecto.

Muy pocos serán capaces de abrirse el vientre en canal y deshacer el nudo con sus propias manos.

Esta es la historia de alguien que no tuvo elección…



Caos Fernández Lobo