Un vagón de tren. Una mirada colisionando contra tu mirada. Un escalofrío que asciende desde tu pecho hasta la garganta. Un nudo en el estómago. Unos grilletes que te impiden librar batalla. La máquina detenida. La puerta abierta. La mirada aún incrustada en tu mirada, desapareciendo escaleras abajo. Malditos grilletes…
¿Una palabra o una patada? ¿Tal vez tus manos desnudas?
¡Estúpido!
(Alguna vez me enamoré de una desconocida en el vagón de un tren y supe que ella sintió lo mismo. Sólo un instante, un ligero soplo de aliento, una décima de segundo, un fragmento de contaminación mental o la mayor de las verdades empiristas)
Caos Fernández Lobo
jueves, 18 de marzo de 2010
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