jueves, 18 de marzo de 2010

El tiempo es un cabrón suicida

Me desangro al igual que todos vosotros. Nací con esa garrapata alimentándose de mí, chupando hasta la última gota de mis venas, sin darme un segundo para respirar, pues todos los segundos le pertenecían a esa horrible garrapata. Implacable, pegada a mi espalda, vaciándome antes de que yo pudiera idear un plan para darle esquinazo,
me concedió la oportunidad de volar antes de extraerme toda la sangre, pero acabé arrastrándome por el lodo. Pude librar mil batallas y las di todas por perdidas. También pude ganar una guerra y me quedé dormido. Pero un día la capturé. Construí una esfera de cristal y la encerré dentro. Até un cordel a la esfera y la amarré a mi brazo para vigilar que no escapara jamás, que no se moviera nunca. En todo momento podía comprobar que el bicho seguía ahí, preso gracias a mi astucia.
Recuerdo el día que descubrí su extraño comportamiento. La garrapata se movía en círculos dentro de mi esfera. Me angustiaba que no se quedara quieta. Deseaba que no se moviera, pero nunca dejó de hacerlo y mientras tanto yo seguí tragando barro, perdiendo batallas y quedándome dormido los días que pude ganar alguna guerra. Me torturaba verla girar sin descanso mientras yo no hacía nada. Me sentía como un gandul, así que pensé en buscar la felicidad mientras el bicho seguía con sus viajes circulares. Traté de conseguir toneladas de oro y sólo pude encontrar un lingote. Traté de construir una escalera para llegar a la luna y veinte peldaños fueron suficientes. Después me bañé en mil mares y mi piel siempre salió seca. Más tarde viajé a Italia para secuestrar a los gladiadores del Coliseo y regresé a casa cargando con el David de Miguel Ángel. Viendo que nada me consolaba limpié el sudor de mi frente y noté la vejez arrugada. Intenté desesperadamente dedicarme unas palabras de aliento y mi boca escupió silencio. Así que eché un vistazo a la esfera de cristal; el bicho había dejado de girar y me ofrecía su sonrisa maliciosa. Observé mis brazos curtidos al sol y entendí que mis manos blanquecinas habían estado ocultas. Así fue como supe que cuando un lingote de oro se convierte en un ladrillo derruido; cuando la luna es una simple farola erguida ante nuestros ojos embriagados; cuando el grito del mar no es más que el susurro de la caracola pegada a nuestra oreja; cuando el David de Miguel Ángel es sólo un exhibicionista suicida sosteniendo la soga que le dará muerte; cuando las palabras que marcaron nuestras vidas provienen del mismo cuerpo que las destroza, debiéramos entonces plantearnos si ha llegado la hora de sacar las manos de los bolsillos.



Caos Fernández Lobo

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