jueves, 18 de marzo de 2010

La súplica y la ciénaga

Una silla de ruedas alberga más valentía que el interior de un tanque blindado. Podemos ahogarnos dando un pequeño sorbo a nuestro vaso de agua o nadar en medio de los mares más tempestuosos de cualquier lugar, sin tragar una sola gota. Que la luna nos ciegue reflejada en los ojos ajenos o dedicarle una mirada sempiterna al sol sin razón alguna para deslizar un pestañeo. Demasiado tiempo libre tal vez. Demasiadas conclusiones que conducen a la ventana como la mejor vía de escape. Nos lamentamos y lloramos en la noche rogando un soplo de viento que nos empuje a levantarnos al día siguiente, cuando lo que en realidad estamos pidiendo es que ese viento arrase nuestra fábrica, oficina o zanja para eximirnos del deber y poder dormir hasta el mediodía. Algunas rodillas se clavan en el suelo de la habitación para pedir a un dios lo imposible, cuando lo que en realidad están haciendo es dedicarse una oración ante el espejo, detestándose a sí mismos por no romper el lastre que tanto les dificulta enfrentarse al mañana; la losa sobre sus hombros que les impide negarse a asumir la mediocridad del hoy. Otros prefieren no creer en nada para sentirse más libres y en verdad están condenándose a terminar por no creer ni en sí mismos.
Lo mejor es que cerremos nuestras bocas cuando estén a punto de lanzar una súplica en lo más profundo de la sombría selva. Habrá alguien enterrado hasta el cuello en medio del desierto, con la cara abrasada por el sol y tanta arena en sus pulmones, que no tendrá ocasión de suplicar nada.



Caos Fernández Lobo

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