viernes, 19 de marzo de 2010

La derrota no es una opción


El camino sobre la cuerda floja se hace más difícil cuando alguien apaga las luces. Bajo nuestros pies, el abismo, el vacío y unos pasos que resuenan en los adoquines. Alguien huye con la red bajo el brazo. La caída será brutal. El más mínimo error llevará nuestras costillas a teñir de rojo el pavimento. Los ojos entre la multitud nos contemplan inquietos. No podemos fallar. No debemos hacerlo. Un leve rayo de luz ilumina el resto de la cuerda y nos muestra la línea a seguir para evitar descender a los infiernos. El corazón se pone en órbita en nuestro pecho y llega irrumpiendo a la garganta. El sudor en nuestra frente desciende hasta nuestros ojos. Esas gotas nos ciegan cuando nos disponemos a dar el último paso, pero poniendo el alma llegamos al final de la senda, al otro lado de la carrera en que la meta se yergue ante nuestra silueta. Desplegamos los párpados a duras penas y entre los destellos de los focos que amparaban nuestra proeza, nuestra lucha, una pérfida sonrisa nos explica que nada ha terminado aún. Una sombra nos planta cara, y tras ésta, ciento y un millón de sombras más a las que deberemos derrotar para llegar a enceder la mecha que haga explotar la caja de los fracasos, el reloj de las horas de lucha secuestradas por la catatonia absoluta.

Que no duden mis nudillos en embestir contra el rostro enemigo. Que no vacilen mis piernas en declarar la guerra al mentón ajeno y, sobre todo, que no se reduzca la piedad de mis entrañas cuando deba parar de masacrar al oponente, incluso cuando sea mi propio cuerpo al que esté aniquilando.

No hay retroceso posible; no hay excusa perdonable.



Caos Fernández Lobo

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