No hace mucho tiempo, contemplaban en silencio, padre e hijo, la puesta de sol a la orilla del lago Phewa, en Phokara, cerca de Katmandú, mientras el pequeño imaginaba cómo sería aniquilar a un enemigo en medio de la batalla.
–Padre, ¿cuál es el arma más mortífera de Nepal? – el padre, extrañado, miró al niño, devolvió la mirada al infinito y tras un suspiro respondió:
–Verás, no es fácil. Algunos dicen que el arma más poderosa que el hombre diseñó es la palabra. Otros distinguen entre la palabra como vehículo de sentimientos, y la palabra como reflejo del honor y los principios de cada hombre; su esencia.
–¿Y cuál es la más poderosa entre ellas, padre?
–Yo conocí todas las clases y ninguna me colmó de gloria.
En algún momento creemos en la fuerza de la sangre, en los lazos ascendentes y descendentes. Confiamos en que, tratándose de un padre, de una madre o de un hijo, podemos sentirnos seguros ya que hay ciertas líneas que son imposibles de traspasar.
–¿Y no es bueno sentirse seguro?, ¿no debemos confiar, padre?
–No debemos basarnos únicamente en algo que nos ha sido impuesto, como los lazos de sangre, para entregar toda nuestra confianza. La Cobra Real se alimenta de otras serpientes; de ahí su nombre: Ophiophagus hannah, literalmente “Comedora de serpientes”.
–¿Y las personas que por amor confíen plenamente, se equivocan?
–Tal vez sí. Tal vez deberían dejar de mirar al sol para cegarse voluntariamente. Verás, hijo mío, existió hace siglos un italiano, Giovanni Boccaccio, que presentaba al amor como un artefacto que inflama el ingenio para lograr un objetivo: el goce carnal. Tantas veces he contemplado palabras rotas, de uno u otro tipo, que sólo me queda pensar en la estupidez de las personas, en nuestros ingenuos cerebros y no en la excelencia de la palabra como tal o cual arma. El alcohol, el sexo, las drogas, la distancia, el poder, el dinero, el amor arraigado o el amor infundado, la ira, los celos, la envidia, el orgasmo y la melancolía, han confeccionado a lo largo de la historia una perfecta lujuria de palabras obtenidas por un ingenio inflamado con el único propósito de alcanzar un objetivo: beneficios.
–Entonces padre, ¿tú no confías en mí?, ¿no lo harás nunca?
–Yo te podría decir en este preciso instante, antes de que el sol caiga por completo, que mi amor para contigo jamás se verá quebrantado, pero sólo serán palabras, y ni mi sangre, ni la tuya, que no es otra sino la mía, podrían hacer inequívoca esa afirmación. “Verba volant, scripta manent”, hijo mío, “las palabras vuelan, lo escrito permanece”.
–No lo entiendo, padre.
–Esas palabras las pronunció Caio Titus en un discurso al Senado romano y, a pesar de que él sólo hubiera pretendido enaltecer la palabra a viva voz, esa palabra con alas que puede alzarse sobre la página repleta de palabras inmóviles, muertas, dime tú, ¿qué podemos hacer cuando los labios se corrompen y la tinta se envenena? –El pequeño permanecía con la boca abierta, sin apartar la mirada de su padre. Ante su duda el padre prosiguió. Yo te lo diré. Sólo podemos asumir que “La cabra siempre tira al monte”, que el escorpión terminó por clavar su aguijón sobre la rana cuando ésta le ayudaba a cruzar el río, y que hasta nuestras sombras tratarán de seducir a nuestras mujeres en un día soleado. Habrá días en tu vida en los que más te valdrá arrancarte los ojos para que no vuelvan a engañarte jamás.
Caos Fernández Lobo (Texto y foto)

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