viernes, 23 de abril de 2010

El recuerdo: la mina terrestre


ÉL: ¿Qué haremos si todo termina?

ELLA: Entonces sólo nos servirán los recuerdos.

ÉL: ¿Los recuerdos? Los recuerdos no me rozan bajo las sábanas, ni me despiertan antes de que suene la alarma del reloj para besarme o decirme alguna gilipollez que me haga doblar de risa. Los recuerdos no patalean sobre el colchón como una niña pequeña ni boxean conmigo en medio del salón. No. Los recuerdos no hacen eso... los recuerdos son unos hijos de puta.

ELLA: A veces son lo único a lo que podemos agarrarnos; como si fueran clavos ardiendo, como a un enjambre de esquirlas de metal incandescente. A veces el estómago se desgarra bajo nuestro abrigo y los recuerdos están a nuestro alcance, afortunadamente, para sanar nuestra herida.

ÉL: No. A veces el estómago está preparado para librar cualquier batalla, para anidar hordas de mariposas, para organizar peleas de gallos si hiciera falta. A veces mi estómago es un Panther en plena contienda, poderoso, indómito, devastador, y entonces un recuerdo se cierne bajo la carrocería como una mina terrestre irakí y lo hace volar en mil pedazos como el arsenal pirotécnico estadounidense la noche del 4 de julio. Los recuerdos sólo me dicen lo que no tengo. Eso son los putos recuerdos.

ELLA: Y entonces, ¿qué haremos si todo termina?

ÉL: Cambiaremos nuestros nombres, nos iremos a otro país, tú serás una indigente en busca de amor y yo un pobre filántropo en los suburbios de Brooklyn. Tú serás ÉL y yo seré ELLA. Si todo termina volveremos a empezar y entonces... entonces no harán falta los putos recuerdos.

Caos Fernández Lobo (Texto y Foto)

viernes, 2 de abril de 2010

De sol, espiga y deseo


En un segundo; así fue como descubrí de qué modo se mueven tus labios. En un sólo instante tu boca suspiró mi nombre y un segundo más allá se volvió huracán el fondo de mi ombligo. En un segundo llegaron nuestros cuerpos al alivio tras 120 minutos emulando a un par de enredaderas enloquecidas por eso que algunos dicen llamarse amor. En un segundo se mezcló el anhelo de mi espina dorsal con el deseo de la yema de tus dedos y nos mecimos en el siguiente segundo hasta quedar tu boca dormida junto a mi cuello. Tras un par de horas dormidas mis manos entre tu pelo se despertaron nuestros ojos en un segundo y fue a anidar mi lengua en el vientre de tu boca. Tú sonreíste, besaste mi cara como si fuera tu último deseo y le pedí a Dios que jamás terminara ese segundo. Así fue como descubrí de qué modo se mueven tus labios, antes de volver a dormirme a tu lado en sólo un segundo.


Caos Fernández Lobo (Texto y Foto)