
ÉL: ¿Qué haremos si todo termina?
ELLA: Entonces sólo nos servirán los recuerdos.
ÉL: ¿Los recuerdos? Los recuerdos no me rozan bajo las sábanas, ni me despiertan antes de que suene la alarma del reloj para besarme o decirme alguna gilipollez que me haga doblar de risa. Los recuerdos no patalean sobre el colchón como una niña pequeña ni boxean conmigo en medio del salón. No. Los recuerdos no hacen eso... los recuerdos son unos hijos de puta.
ELLA: A veces son lo único a lo que podemos agarrarnos; como si fueran clavos ardiendo, como a un enjambre de esquirlas de metal incandescente. A veces el estómago se desgarra bajo nuestro abrigo y los recuerdos están a nuestro alcance, afortunadamente, para sanar nuestra herida.
ÉL: No. A veces el estómago está preparado para librar cualquier batalla, para anidar hordas de mariposas, para organizar peleas de gallos si hiciera falta. A veces mi estómago es un Panther en plena contienda, poderoso, indómito, devastador, y entonces un recuerdo se cierne bajo la carrocería como una mina terrestre irakí y lo hace volar en mil pedazos como el arsenal pirotécnico estadounidense la noche del 4 de julio. Los recuerdos sólo me dicen lo que no tengo. Eso son los putos recuerdos.
ELLA: Y entonces, ¿qué haremos si todo termina?
ÉL: Cambiaremos nuestros nombres, nos iremos a otro país, tú serás una indigente en busca de amor y yo un pobre filántropo en los suburbios de Brooklyn. Tú serás ÉL y yo seré ELLA. Si todo termina volveremos a empezar y entonces... entonces no harán falta los putos recuerdos.
Caos Fernández Lobo (Texto y Foto)

